martes, 11 de abril de 2017

Retos Ilusionantes

Hoy ya es 11 de abril, tiempo de cerrar ciclos superados el sábado 8 en Baiona, tiempo de asumir y afrontar con ilusión los retos que aún nos quedan por delante.

A eso nos invita este texto publicado por Naiz:


Los valores de izquierda y la militancia, el compromiso político, la participación, el debate siguen siendo imprescindibles. Ahora más que nunca, porque ya no hay vanguardia en la que delegar nada.

Joxemari Olarra Agiriano | Militante de la izquierda abertzale

Entre la desvergüenza y la corrupción, la prepotencia de los poderes económicos, el aumento de las injusticias y las desigualdades etc., somos espectadores damnificados de un sistema que sobrevuela por encima de todo y, a la vez, se va pudriendo víctima de sus propias contradicciones y perversiones, de su decadencia y naturaleza corrupta. Abrir las páginas de los diarios, pulsar el botón de la televisión y recibir unas sensaciones que se van repitiendo un día tras otro. No hay descanso en esta exhibición de la descomposición de valores y relaciones.

Hace casi tres décadas, con el colapso de la experiencia soviética, se proclamaba la victoria sobre el socialismo. En un aplauso al que se unieron las izquierdas asimiladas, ligando su desistimiento y revisionismo a ese triunfo de las «democracias occidentales». Cayó el Muro y, nos dijeron, que definitivamente las esperanzas de emancipación quedaban enterradas para siempre. Como si aquel proyecto fallido fuera el nuestro.

Luego han ido aflorando con mayor virulencia las contradicciones del capitalismo, que se descargan de manera dramática sobre las sociedades, en general, y los más desfavorecidos, en particular. Curiosamente, esta situación, lejos de provocar la ebullición de los movimientos más progresistas y emancipadores, parece otorgar el protagonismo a lo más retrógrado e infame de la oferta política, generando un creciente estado de despolitización en la sociedad, de pérdida de ideales, de valores de izquierda que conducen a un clima de decepción y abandono.

Expresiones como «todos son iguales», «no hay nada que hacer» o «las cosas son como son» se extienden en el tejido social a modo de virus pernicioso que lleva a la resignación frente a las circunstancias. Lamentablemente, eso no sólo significa dejación respecto al presente sino algo más peligroso aún: dejar nuestro propio porvenir en manos de cualquier oportunista. En los últimos tiempos todo parece ir a una velocidad vertiginosa. Es tal el volumen de información (muchas veces presunta) con el que somos atosigados desde que abrimos los ojos cada mañana que no hay tiempo para asimilarla, para analizar debidamente los escenarios y elaborar criterios al respecto.

El bombardeo de titulares, imágenes impactantes, eslóganes, la frenética circulación de las redes sociales hacen que nos asentemos necesariamente en la epidermis de los asuntos, sin poder profundizar por qué una corriente empuja a la anterior, por qué las noticias caducan al instante y ante la imposibilidad de metabolizarlo todo únicamente acaba sedimentando lo anecdótico.
La inercia global nos arrastra a los universos virtuales, al espacio del individualismo como si en vez de vivir en sociedad formáramos parte de extrañas galaxias individuales que se comunican sin tantearse, sin tan siquiera relacionarse como personas.

Es curioso que la era de la comunicación nos vaya sumergiendo en su antítesis, y que la globalización, lejos de servir para enriquecer culturas, relacionar pueblos, dar a conocer naciones o hermanar espíritus de emancipación, esté significando la uniformización universal en valores, tendencias, comportamientos nefastos para el desarrollo de la humanidad.

Resulta inconcebible que viviendo en una sociedad que cada vez es más injusta, más desigual, menos libre, con unas élites políticas corruptas hasta la náusea, en plena vorágine de un sistema capitalista que se manifiesta en sus formatos más abominables, en una Europa manejada por camarillas que únicamente piensan en sus intereses perversos... alguien pueda resignarse a exclamar: «qué le vamos a hacer. Es lo que hay».

Pues no. No es lo que hay. ¡En absoluto es lo que hay! Y mucho menos en Euskal Herria, para los vascos. Quizás en una situación de pesimismo endémico, de carencia total de objetivos ó de ausencia de horizonte podría entenderse, de alguna manera, el abandono a la inercia que significa resignarse a las cosas como son.

Pero ni estamos en una situación semejante ni eso va con nuestro carácter. El desistimiento jamás ha formado parte de la idiosincrasia del pueblo vasco. Ha sido precisamente todo lo contrario lo que ha permitido que nuestra nación siga viva por encima de los siglos. Si no han conseguido borrarnos de la historia ha sido gracias a esta forma de ser, a nuestra identidad particular, a todo ese conjunto de valores que los vascos hemos mantenido generación tras generación: esa brasa de liberación que ni España ni Francia han conseguido sofocar. Unas veces en ascuas, otras en llamas, pero siempre vivas, con un pueblo en pie que jamás bajó los brazos.

En las últimas décadas de resistencia dimos la talla con el honor debido, manteniendo bien firmes los valores de la militancia, de la colectividad, de la unión de fuerzas parar sostener la energía que nos hizo superar todos los obstáculos políticos, la represión, la tortura, la cárcel, las ilegalizaciones, la persecución.
Ahora estamos en tiempo de hacer realidad todos aquellos sueños que teníamos mientras resistíamos en el ciclo anterior. Hubo un tiempo en que soñábamos mientras luchábamos. La lucha de ahora es la que irá haciendo realidad aquellos sueños. Ya no es resistir. Ahora hay que crear. En semejante contexto, ¿puede algún abertzale de izquierdas no sentirse suficientemente motivado?

En el corazón de una Europa en la que se van a dar escenarios hasta ahora insospechados hemos asumido la tarea de asentar Euskal Herria como una nación libre y soberana, de ocupar el lugar que histórica y legítimamente nos corresponde como su pueblo originario vivo más antiguo. ¿Alguien necesita aún más estímulo para hacer añicos la inercia?

Además de ese gran reto nacional tenemos también una deuda con todos los militantes independentistas prisioneros. Con ellos, y con sus familiares y allegados, víctimas de la venganza de dos estados que quieren seguir manteniéndolas como rehenes para el chantaje político.

Traer a los prisioneros a casa, ¿no es un reto suficientemente ilusionante? ¿Puede haber algo más satisfactorio que volver a verlos junto a sus seres queridos y sentir que se ha sido colaborador necesario de esa liberación? Pues tenemos a 345 esperando nuestro compromiso y arrope en sus iniciativas para que vuelvan lo antes posible a los brazos que les esperan. Al igual que los presos, tenemos decenas de exiliados que esperan también el retorno.

Así pues, no sólo no encaja con nosotros la resignación, sino que tenemos delante retos de primera magnitud de los que arrancar victorias que alimenten la voluntad de poder y el empuje para alcanzar nuevas victorias que nos vayan llevando a alcanzar la meta de la Euskal Herria libre y soberana.

No será por falta de objetivos definidos y factibles, No será por falta de espíritu de liberación y lucha, pues gracias a ello seguimos vivos y en pie sin haber sido asimilados.

Han cambiado los tiempos, eso es cierto. Pero no estamos para caer en las redes del aborregamiento sino para optimizar desde nuestros valores de siempre lo que los nuevos tiempos ofrecen. Aunque en ocasiones se expresen de otras maneras novedosas, los valores de izquierda y la militancia, el compromiso político, la participación, el debate siguen siendo imprescindibles. Ahora más que nunca, porque ya no hay vanguardia en la que delegar nada. Cada uno de nosotros somos la propia vanguardia, los protagonistas.

Aunque pueda parecer retórico y hasta repetido en exceso, el futuro de Euskal Herria como nación soberana y sociedad libre de personas libres está en nuestras manos. Es nuestra responsabilidad. Nosotros decidimos nuestro propio futuro. En la voluntad de cada uno y de cada una está el porvenir de todos. Uno a uno y todos unidos constituimos la esperanza. ¿Alguien necesita más motivación para luchar?






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